Detengámonos por un momento, cerremos los ojos e imaginemos que vamos manejando. Recorremos una carretera negra, la noche es oscura y la carretera se proyecta solo hacia adelante perdiéndose en el horizonte. En esa oscuridad y soledad, tenemos la vista confusa por las luces que nos titilan de los otros vehículos, nublándonos la visión en vez de aclararla y a raíz de esa oscuridad no podemos ver claramente las líneas de la ruta.
De pronto, sucede algo extraño, todo se ilumina y nos relajamos. Ahora vemos perfecto. De pronto, veo que la ruta tiene rayas blancas a los costados, demarcatorias y una línea segmentada en el medio. Algo ocurrió afuera. Me doy cuenta que el problema no estaba en mí, sino que estaba en la ruta.
Ahora el camino, la ruta, está demarcada. Observamos que está el adentro, está el afuera y está el medio. El cerebro se nos enciende… descubrimos la importancia de los límites. Si no hubiesen estado esas rayas a los costados, sin esos límites señalados, la libertad del camino era un caos de ceguera y miedo, inseguridad, incertidumbre y vacilación. Antes no se encontraban esas rayas. Ahora, están ahí, y los límites, lejos de oprimir al viajante, lo liberan, lo protegen.
Entonces, ¿en qué consisten los límites?. “En eso, en demarcaciones del camino, en cercos protectores, en marcos contenedores y referenciales. No son un fin en sí, son un instrumento para realizar fines. Cuando ellos están, uno puede actuar y elegir. Hasta si se quiere, puede salirse del camino. También para salirse hay que conocer los límites”.